Empecé a leer Harry Potter y la piedra filosofal.
Y me pasó algo que no esperaba.
No solamente estoy leyendo un libro.
Mientras leo, me observo.
Hay escenas que me hacen detenerme. Algunas me hacen pensar. Otras me llevan directamente a lugares de mi propia historia.
Y entonces entendí algo:
Harry Potter está siendo leído por mí.
Y yo estoy siendo observada por mí mientras lo leo.
Terminé estos primeros capítulos y, cuando pensé qué había quedado realmente adentro mío, sin mirar ninguno de los apuntes que fui tomando, aparecieron tres momentos.
La serpiente.
Las cartas.
Y HAGRID TIRANDO LA PUERTA.
Sí, así, con mayúsculas.
La serpiente
Otros niños estaban viviendo su infancia.
Y Harry estaba en cautiverio.
Sobreviviendo.
Invisible.
Ausente.
A nadie parecía importarle demasiado qué sentía, qué necesitaba, qué quería.
Y entonces se encuentra con otro ser detrás de un vidrio.
También encerrado.
Y se ven.
No sé si todos leerán esa escena de la misma manera. Probablemente no.
Yo vi empatía.
Pura. Real. De alma a alma.
Un lenguaje que trasciende las palabras y que, cuando se encuentra, puede volverse temerosamente poderoso.
Quizás porque conozco algo de esa sensación.
De sobrevivir.
De sentirse invisible.
De encontrar, de repente, a alguien con quien no hace falta explicar demasiado para sentirse visto.
Y mientras leía pensé:
No existe fuerza mayor que el amor.
La magia siempre es el amor.
Hoy lo siento así.
Recién estoy empezando este viaje. Quizás cuando termine los libros piense diferente.
Quiero acordarme de que, en este momento, esto fue lo que sentí.
Después llegaron las cartas
Una.
Y otra.
Y otra más.
Y con la primera, para mí, pasó algo enorme.
Alguien sabía que Harry existía.
La carta tenía su nombre.
Sabían dónde encontrarlo.
Harry todavía no sabía qué significaba todo aquello. No entendía qué había del otro lado.
Pero sabía una cosa:
esa carta era para él.
Y sentí como si ahí empezara a aparecer.
Como si naciera una posibilidad de ser quien realmente era.
Porque hasta entonces todo alrededor suyo parecía decirle:
No.
No es para vos.
No sos.
No podés.
No preguntes.
No sepas.
Y de repente aparece un sí.
Tío Vernon puede romperlo.
Puede esconderlo.
Puede tapar la ranura.
Puede llevarlo cada vez más lejos.
Pero Harry ya vio su nombre.
Y su corazón cree.
Espera.
Desea.
Por momentos sentí que hasta el miedo empezaba a desaparecer porque, por primera vez, aparecía la posibilidad de EXISTIR.
Y entonces llega otra carta.
Y otra.
Y otra.
Hasta que los sí golpean los no tan fuerte que parece que ya no hay manera de detenerlos.
Yo lo sentí así:
No hay quien pueda detener la verdad.
Lo que es, es.
No sé si eso es lo que el libro quiere decir.
Es lo que yo escuché mientras lo leía.
Y entonces llegó Hagrid
Hasta hoy, habiendo visto las películas pero sin haber leído los libros, esta sigue siendo para mí una de las escenas más impactantes de Harry Potter.
HAGRID TIRA LA PUERTA ABAJO.
Y no sé explicar lo que me pasa con esa puerta sin hablar un poco de mí.
Porque durante páginas todo había sido NO.
Hasta físicamente habían llevado a Harry a un lugar en medio de la nada para impedir que aquello que lo buscaba pudiera encontrarlo.
Y de pronto…
la puerta cae.
Entra un gigante desprolijo.
Trae una fabulosa torta rosa de cumpleaños.
Quizás no sea la torta más perfecta ni la más prolija del mundo.
Pero alguien la hizo para él.
Alguien recordó su cumpleaños.
Alguien cruzó una tormenta para llegar hasta donde estaba.
Alguien lo mira.
Lo llama por su nombre.
Y finalmente le dice:
Harry, sos un mago.
Todo decía:
No sos.
Y alguien irrumpe para decir:
Sí. Sos.
Eso me rompe al medio.
Porque inevitablemente me lleva a pensar en los gigantes desprolijos de mi propia vida.
En esas personas a las que, quizás por su apariencia, jamás hubiéramos elegido para representar a un héroe.
Y, sin embargo, hay gigantes desprolijos a los que se les puede confiar la vida.
Pienso en amigos.
En profesores.
En mamás "prestadas" y observadas.
En libros que leí.
En personas que me vieron cuando yo necesitaba ser vista.
Que creyeron en mí.
Que me quisieron incluso cuando ese amor no venía necesariamente de donde se suponía que debía venir.
Pienso en todos los sí que alguna vez golpearon mis no.
Y también pienso en mis propios sí.
Porque quizás ahí está lo que más me está sorprendiendo de esta lectura.
Yo creía que estaba abriendo un libro para conocer finalmente una historia que estuvo durante años alrededor mío.
Pero mientras avanzo empiezo a encontrarme conmigo.
Y vuelvo a esa palabra que viene apareciendo desde antes de abrir la primera página:
regreso.
Solo que ahora empiezo a entender mejor qué significa.
No quiero regresar para cambiar mi infancia.
No quiero volver para sanar a aquella niña.
Mucho menos para revivir su dolor.
Quiero volver para otra cosa.
Para permitirle ser niña.
Para jugar.
Para imaginar.
Para maravillarse.
Para leer porque sí.
Para hacer cosas simplemente porque le dan ganas.
Quizás hasta para agarrar porcelana después de tantos años y modelar un Dobby solo porque necesita modelar un Dobby.
Hoy mi presente es maravilloso.
Y quizás por eso puedo regresar de otra manera.
No necesito quedarme esperando que venga alguien a rescatar a aquella niña.
Hubo Hagrids en mi vida.
Por suerte, hubo muchos.
Pero hoy también estoy yo.
La mujer en la que aquella niña se convirtió.
Y tal vez parte de este regreso sea descubrir que ahora puedo acercarme a ella, tomarla de la mano y decirle:
**Dale.
Vamos a jugar.**
Y si todavía queda alguna puerta cerrada…
esta vez puedo ser yo quien la tire abajo. ✨

