Algunas historias llegan a nuestra vida de maneras inesperadas.
Harry Potter llegó a la mía convertido en simple mercadería…
¡Sí! Tan poco mágico empezó todo.
Post pandemia, reinventándome, luego de unas cuantas amarguras… Había cambiado de rubro, después de 20 años vendiendo ropa y zapatillas, ni sé bien por qué me tiré a un mundo en el que todo nace en la fantasía…
¿Qué hacía esa mujer tan triste y decepcionada ahí, entre tantos colores?
Un día, un proveedor empezó a ofrecerme productos de Harry Potter. En ese momento no había visto las películas. No había leído los libros. No conocía demasiado de ese universo ni entendía muy bien la pasión que despertaba.
Para mí eran simplemente productos.
Pero había algo.
Me parecían extraordinariamente hermosos.
No sé explicarlo de otra manera. Me atrapaban. Empecé a traer algunos y después otros, y después a buscar más y más. Había algo en esos colores, esos símbolos, esas criaturas, esos pequeños detalles que me provocaba una fascinación que todavía no sabía explicar.
Hoy, cuando miro atrás, pienso que posiblemente allí comenzaba la magia.
Porque pasó algo curioso.
Los productos empezaron a traer clientes, pero con ellos llegó algo mucho más interesante: llegaron los fans.
Y ellos no veían lo mismo que yo.
Donde yo veía una taza, una bufanda, un mapa o una lechuza, ellos veían otra cosa. Reconocían historias. Personajes. Momentos. Recuerdos. Se emocionaban.
Había una conversación sucediendo delante de mí de la que yo todavía no formaba parte.
Y empecé a sospechar que quizá la belleza que encontraba en aquellas cosas no tenía que ver solamente con las “cosas”.
Detrás había una historia.
Todo me decía que era una historia que merecía descubrir.
Mi primera maratón de Harry Potter fue un desastre
Decidí ver las películas.
Pero no las vi porque estuviera fascinada con la historia.
Las vi casi como un trabajo más.
Si iba a vender todo eso, tenía que entender de qué estaban hablando mis clientes.
Así que me mandé una maratón.
Todas las películas. En una tarde.
Y sí.
Me dormí.
Me aburrí.
No entendí casi nada.
Retuve algunos nombres, algunas imágenes, algunas escenas. Lo suficiente como para empezar a reconocer referencias y poder conversar un poco mejor con quienes entraban al negocio.
Y ahí empecé a hacer algo que hoy puedo contar:
empecé a mentir.
Empecé a hablarles a los fans como si entendiera.
Aprendía nombres. Escuchaba. Relacionaba personajes con productos. Incorporaba palabras de un mundo que todavía no era mío.
Pero yo seguía afuera.
Hoy creo entender por qué.
No era solamente que había intentado meter ocho películas dentro de una tarde.
Era también quién era yo en ese momento.
Estaba trabajando.
Resolviendo.
Cumpliendo.
Haciendo.
Con el corazón adulto, completamente adormecido entre obligaciones.
Aquella mujer que yo era no podía entender la magia de esa manera.
Mucho menos crearla. Y menos que menos creerla.
Todavía no sabía que existía la posibilidad de volver.
Volver.
¡Qué locura! Quién me hubiera dicho que algún día esos objetos con precio dejarían de ser solamente “cosas” para mí.
Que detrás de ellas encontraría una historia.
Y que detrás de esa historia empezaría a encontrar también partes de la mía.
Qué bueno que insistí. Qué bueno que los objetos me insistieron. Que, a pesar de que las películas no llegaron a la fibra de aquella versión mía en silencio, los fans también insistieron.
¿De dónde venía esa pasión?
¿Qué despertaba en ellos esa magia que yo no podía ver?
No estaba solamente cambiando de rubro.
Los objetos no eran un destino, eran apenas la llave.
La llave al regreso. ✨
Así empezó todo…

